La adolescencia es un proceso en el cual pasamos por diferentes estados anímicos que poco a poco crean el desarrollo de nuestro ser, nuestro carácter y nuestro genio. Por eso, durante este desarrollo somos como un arco iris, una explosión de sentimientos y de diferentes pensamientos, de vaivenes de sensaciones y de dilemas que nadie sabe resolver.
Nuestro Arco iris vital de juventud está formado por diferentes colores, entre ellos está el rojo pasión, que simboliza la sangre que recorre por nuestro cuerpo y que representa la violencia, el resultado de una guerra. También se puede entender como el color de lo prohibido y el color de un sutil provocativo pintalabios rojizo marcado en el filo de una copa de vino tinto. A nosotros, este color nos suele ser atrayente y llamativo, pero normalmente lo solemos relacionar con el amor. Luego está el naranja, relacionado con la música máquina, aquella música que nos aporta energía, ganas de bailar y de gritar, de olvidar todo lo demás y concentrarnos en esa melodía para poderla disfrutar. No suele agradar a la gente, pero puede llegar a ser original. Lo podemos relacionar con un atardecer en la playa, con un cielo con colores calientes y con la inseguridad, tonalidad ámbar de un semáforo al poder pasar pero con un alto riesgo de peligro. Seguidamente está el amarillo, que representa una parte oscura de nuestro carácter: los celos. Pero también representa nuestra felicidad, aunque a veces sea más efímera de lo que nos gustaría. Luego está el verde, que nos aporta esperanza en nuestros peores momentos. Cuando nos damos cuenta que no tenemos a nada ni a nadie que nos entienda y aparece alguien que te confía que se siente tan solo o más que tu. Entonces, tenemos la esperanza de que esa persona sea la adecuada. Prosigue el color azul que representa todo lo eterno: el cielo y el mar. Nos produce una sensación de tranquilidad y de seguridad, de relajación y de infinidad. Nos gusta mirar como a veces a lo lejos, el mar y el cielo se unen para formar uno solo e imaginar qué habrá más allá de esa imagen. Luego está el cielo que siempre nos acompaña, aunque a veces parece estar enfadado y al día siguiente está radiante de felicidad. Finalmente, está el violeta que representa el dolor. El sufrimiento de un ser perdido o usualmente el castigo que nos supone estar aquí en pie porque nos cuesta demasiado aprender a levantarnos cuando nos caemos.
En resumen, la juventud somos la suma de todos estos colores que por momentos puede llegar a ser negro y en otras ocasiones puede llegar a ser blanco, pero lo verdaderamente difícil para nosotros es buscar un término medio y saber quedarse en él.