Ella era la rosa que más quería entre un millón de flores. Destacaba por su simpatía, dulzura y belleza. Su pelo era castaño, suave como el algodón y fino como el tallo que la sujetaba. A causa del viento, su cabello danzaba libremente como las hojas caídas de un árbol en un largo otoño. Sus mejillas estaban enrojecidas a causa de mi presencia y su perfecta sonrisa me enamoraba cada vez más. Sus ojos color esmeralda me observaban fijamente, sin bajarme la mirada en ningún momento. Yo la sonreía con un gesto sarcástico, ya que no podía decirle todo lo que sentía a causa de la preciosidad que tenía ante mis ojos que me cautivaba. Sus finos dedos tocaban los tirabuzones de mi cabello y yo me sentía complacido por ello. Las estúpidas mariposas aumentaban cada vez más en mi estomago. Sus piernas eran largas, delicadas e infinitas. Sus afilados labios me hablaban por si solos, se movían lentamente junto a sus perfectos dientes. Estaban colorados como el rubí, ya que parecían estar bastantes cálidos.
De repente me besó y una sensación electrizante recorrió todo mi cuerpo. Me cogió de la mano y vi como de sus ojos brotaban unas cuantas lágrimas que finalmente deslizaban por su rostro.
-¿Qué te pasa?- Le pregunté preocupado. Y ella llorando de alegría me contestó:
-Nunca pensé que llegaría este momento…
De repente me besó y una sensación electrizante recorrió todo mi cuerpo. Me cogió de la mano y vi como de sus ojos brotaban unas cuantas lágrimas que finalmente deslizaban por su rostro.
-¿Qué te pasa?- Le pregunté preocupado. Y ella llorando de alegría me contestó:
-Nunca pensé que llegaría este momento…
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