
Caminando por la calle de mi infancia, pude observar lejanamente a una gaviota agitar bruscamente y rápidamente sus alas. Parecía que sabía volar, pero lamentablemente no podía hacerlo. Sus alas hacían los movimientos precisos para alzarse al vuelo, pero ella tenía miedo de caerse de nuevo. Estaba herida por sus reiterativas y rutinarias caídas, pero no exteriormente, solamente porque ella sentía perfectamente que una gaviota que le tiene pánico a volar no podría vivir durante mucho tiempo. Me quedé fijamente mirándola, pensando en cómo poder ayudarla. ¿Y si mi vida fuera como esa gaviota que tiene miedo a caerse otra vez? Pensé una y otra vez, y me quedé admirada al ver mi vida reflejada en una gaviota en medio de una calle solitaria donde solo hacíamos presencia ella y yo. Mi vida era como la de ella, me tropecé la primera vez y no quería volverlo hacer por miedo al sufrimiento, al dolor de volver a trompicar con la misma piedra de nuevo.
Finalmente, vi cómo esa gaviota se armó de valentía y consiguió que su cabeza no pensara en que se iba caer y afortunadamente, no lo hizo. Voló libremente. Mostrando sus hermosas alas finalizando con las puntas de ellas ligeramente tintadas de negro y con un azafranado pico, pasó por delante de mí exhibiéndome lo que había conseguido y que yo, hasta el momento, no lo había hecho.
Ojalá yo fuera esa gaviota…
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