jueves, 12 de febrero de 2009

Vicio inconfesable

Mi princesa rubia, sueño de todo hombre. Diosa de la literatura y gran consejera amorosa. Una profesora con su punto de locura, que vivió una juventud amorosa bastante similar a la mía. Alocada de la vida, sensatez en sus actos y verdaderamente consciente de lo que hace. Miradas sencillas y prolongadas, abrazos exactamente en su preciso momento. Sonrisas interminables, que la tristeza en mí desaparece por momentos. Inmensos ojos marrones que me aportan confianza y un poco de serenidad. Rosadas mejillas que expresan la felicidad que le aporta los que la rodean, los que la quieren.
Desparpajo al andar, salutaciones sin sentido, comentarios indirectamente directos. Ella, el optimismo de la humanidad. Libros catalogados como depresivos para los adolescentes, poemas amorosos bastante graciosos y textos inapreciables por esta superficial sociedad. Canciones desesperadas que expresan bastante pesimismo en mi vida. Una persona con la cual me puedo sincerar, relatar mis problemas sin ningún tipo de incomodidad. Entregarle mis textos y aunque yo crea que no servirá para nada, probablemente me quede más tranquila, al saber que ella entiende y razona mis problemas como yo nunca he podido razonarlos.
Demasiada información desordenada, excesivos problemas para un cerebro tan pequeño y cabezota como él mío. Ella, ayudante de la creación del espíritu de mi interior, interés en mi vida y en la de los demás. Gema, aguanta todas mis dificultosas contestaciones, malas caras e incluso algún que otro llanto. Días que vas sin ganas a la escuela, que no encuentras fuerzas por ningún lado para sonreír y te la encuentras, y con solo un punto de soltura al mirarte, ya puedes seguir viviendo.
Indefinible en su especie, magnífica obra de Dios y admirable mujer; resumiendo: especial como ninguna.

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